La búsqueda empieza con la idea de que hay algo que necesitas para estar completo. Es decir, empieza al pasar por alto que eres el todo apareciendo como este momento. “Todo es Dios”, como se suele expresar en términos religiosos.

Siempre todo lo que hay es Dios. Siempre todo lo que hay eres tú.

Sufrimiento, placer, dolor, alegría, carencia, motivación, miedo… Toda experiencia, toda percepción, todo lo que es es la inescapable plenitud de ti desplegándose momento a momento en infinitas formas cambiantes.

No hay nada más. Nunca ha habido nada más que encontrar, nada más que buscar. Y aunque la búsqueda aparezca, no ocurre nada, nada falta realmente, lo que es sigue siendo esto, el ser que eres, tomando forma de búsqueda. Nunca hay realmente pérdida ni ganancia.

Tú eres siempre plenitud infinita ahora, incluso cuando apareces en forma de búsqueda y frustración. Lo único necesario es el reconocimiento de que esencialmente no está pasando nada, todo sigue igual, todo sigue siendo esto, todo sigue siendo Dios, el todo, el absoluto, conciencia, tú.
 
No hay ningún sitio al que ir, ni ningún sitio del que huir, porque no hay ningún otro sitio. La realidad siempre será esto, siempre es esto, siempre completa.
 
Esa es exactamente la experiencia que tienes tú y que tenemos todos en los momentos en los que el yo-buscador desaparece, cuando todo lo que hay es vivir lo que es.

Y no estoy describiendo en absoluto una experiencia extraordinaria, elevada, al alcance de algunos pocos y todas esas ideas absurdas que a veces aparecen en los discursos pseudo-espirituales. Estoy describiendo la experiencia inmediata de lo que es ahora, de lo que tú eres siempre. Una experiencia que se hace más evidente cuando la actividad del yo-buscador cesa. Es, en realidad, la experiencia más ordinaria que hay, la más simple, la más íntima. 

Es la experiencia de lo impersonal, de la ausencia del individuo que busca. Es la ausencia de la fractura ilusoria entre el falso yo y este momento, la fractura entre “yo” y “todo lo demás”. 

Esta es la confusión fundamental: yo estoy aquí y ahí está todo lo demás, y lo que me hace falta está ahí, siempre ahí, en el lado de “todo lo demás”, nunca en mí.

Esta fractura ficticia parece dividir la realidad del momento en dos partes, pero cada vez que de forma natural desaparece, se hace evidente que lo que es está siempre completo, que este momento no tiene costuras ni divisiones y que tú no eres una parte de este momento separada del resto.

La sensación de “yo” como individuo aislado es en realidad muy frágil puesto que es una ficción de separación, superpuesta a la realidad indivisible de lo que es. En cualquier momento es posible reconocer que todo lo que hay es un un fluir de experiencias, sensaciones y formas que se suceden en ti. Este momento es la danza del absoluto fluyendo en sí mismo y para sí mismo. Es tu danza.

A veces en este fluir juegas a ser alguien, a sentir que eres un sujeto separado que busca algo que le falta. Eso, como todo lo que es, es intermitente y sucede en ti, en la plenitud que eres siempre. Nada puedes ganar, nada puedes perder. Nunca dejas de ser esto, de ser lo que eres, siempre completo, indivisible y absolutamente libre.

Previous article

Intimidad absoluta

Next article

¿Quieres estar al día?

Únete a mi lista de correo para recibir mis artículos y novedades.

Suscripción confirmada. ¡Gracias!

Share This