En el artículo de la semana pasada explorábamos la fórmula del sufrimiento (si te lo perdiste puedes verlo aquí). Una de las características del ciclo que la fórmula pone en marcha es la constante necesidad de hacer más. Especialmente en relación a nuestra experiencia interna.

Un hacer que toma muchas formas pero que básicamente surge de una sola pregunta: ¿Cómo mejoro/cambio mi experiencia en este momento?

Y la propia pregunta te distrae de la única respuesta real: no puedes.

Tu experiencia en este momento es conocible, no es mejorable.

Lo que buscas -felicidad, plenitud, liberación, paz…- ya está aquí, ahora. Reconocerlo solamente requiere de una fusión íntima con este momento.

Una intimidad en la que la relación sujeto-objeto desaparece, en la que el ego que está valorando este momento y tratando de cambiarlo deja de existir.

Es entonces cuando, ausente de juicio y separación, este momento se revela como lo que siempre ha sido: pleno, completo, feliz, en paz.

Y al mismo tiempo, en ausencia de ese yo separado que habías creído ser, se revela también lo que tú eres y siempre has sido: la totalidad indivisible de este momento.

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