¿Problemas con la gestión emocional?

¿Te parece difícil? ¿Crees que necesitas más herramientas? ¿Fuerza de voluntad, quizás? ¿Capacidad? ¿O crees que en tu caso la cosa es especialmente intensa o complicada?

En realidad tus dificultades con tu gestión emocional se deben a una razón mucho más sencilla que todo eso. Se deben al hecho de que gestionar una emoción es imposible.

Intentarlo es como tratar de gestionar el verde de los árboles o el azul del cielo. Una actividad tan absurda e innecesaria como poco gratificante.

“Gestión emocional” no es más que un eufemismo para maquillar la actividad favorita de la falsa identidad: resistir este momento buscando otro distinto.

La percibida dificultad reside precisamente en el imposible intento de que lo que es sea otra cosa que lo que es.

Además, para que esta ficticia actividad de gestión (de resistencia) se pueda llevar a cabo, aquello que tratamos de gestionar tiene que seguir estando presente en el momento. Es decir, el mismo planteamiento invalida y contradice su propio objetivo.

Ya sabes, lo que resistes persiste. O, dicho de otro modo, cuanto más intento de gestión, más indigestión (emocional, claro).

Y no solo persisten la emoción en cuestión y la sensación de conflicto, sino especialmente la falsa identidad. O sea, la creencia de que eres alguien inmerso en un proceso de gestionarse mejor para llegar a algún lado.

Y claro, mientras esta falsa identidad y su imaginado viaje a ninguna parte sea la protagonista, va a seguir necesitando encontrar cosas que gestionar para justificar y perpetuar su propia existencia. Por eso la sensación es que siempre aparecen y reaparecen más cosas que “trabajar”.

En realidad, lo único que es posible hacer respecto a una emoción es tomar una posición de resistencia respecto a ella. Esto se puede disfrazar de intento de “gestión” o de “trabajo en uno mismo”, pero el disfraz no cambia lo que está pasando.

Y a todo esto, ¿qué es una emoción realmente? ¿Por qué tenemos esta obsesión con gestionar?

Tenemos miedo a determinadas emociones y buscamos otras porque las vemos desde el punto de vista de la falsa identidad, que es una posición de separación y de imaginada fragilidad, limitación y carencia. Desde ahí, todo es clasificado como enemigo o como aliado en referencia a la propia supervivencia, incluidas las emociones.

Sin embargo, las sensaciones y emociones, incluido el miedo, no tienen la capacidad de empeorarte (o de mejorarte) porque están hechas de ti, de lo que sí eres, igual que las nubes del cielo están hechas de cielo.

Por eso el cielo no tiene ninguna necesidad de gestionar una tormenta, por muy violenta que sea. Para el cielo la tormenta no es una amenaza ni un enemigo externo que ponga en peligro su existencia, es simplemente una expresión más de sí mismo.

Del mismo modo, nunca una emoción ha sido una amenaza para ti ni ha cambiado ni cambiará en lo más mínimo lo que eres.

Imagina por un momento que el cielo quisiera librarse de la tormenta, ¿adónde la mandaría? ¿Qué tendría que hacer con ella? ¿Acaso la distinción misma entre cielo y tormenta no es absurda?

Cuando la tormenta desaparece, no es más que cielo disolviéndose en sí mismo, transformándose y fluyendo, siempre en movimiento, siempre completo.

¿Qué crees que va a pasar, pues, si de repente todo intento de gestión de una emoción cesa, si todo intento de rechazo o huida se pausa?

El destino inevitable de toda emoción es siempre completarse y disolverse de vuelta a ti.

Así que deja de impedírselo con tus intentos de gestión, deja de empujarla o de intentar escapar de ella. No puedes librarte de una emoción porque no tiene ningún otro sitio al que ir, todo lo que hay eres tú. Igual que la emoción solo puede aparecer en ti como una vibración de ti, solo puede seguir su movimiento natural y retornar a ti, a la fuente.

¿Cuáles son los pasos para poner fin a tus problemas con la gestión emocional entonces?

  1. Date cuenta de que no existe tal cosa. Ninguna emoción es “gestionable”, es solo “resistible”.

  2. Reconoce que la imaginada gestión no es necesaria ya que sientas lo que sientas tú siempre eres tú, siempre pleno, libre y completo.

  3. Deja de buscar y de intentar resolverte y sigue con tu vida.

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