La ilusión de que necesitas librarte de una emoción para que no te dañe o para que no te condicione es eso, una ilusión.

Ninguna emoción tiene el poder de afectar, modificar o dañar lo que eres. Ninguna emoción puede surgir de un pasado que no existe ni tiene la capacidad de alterar un futuro igualmente ilusorio.

¿Cómo una emoción podría dañarte si no es más que una modulación de ti que aparece y se disuelve en ti?

¿Cómo puede un remolino dañar el mar?

La liberación real está en poner fin a la creencia de que eres un cuerpo-mente, un objeto aislado y limitado que puede ser alterado por otros objetos igualmente separados.

Intentar negar una emoción es intentar negar tu propia existencia.

Tratar de librarte de ella es tratar de librarte de ti.

Perseguir una sensación es perseguirte a ti mismo fingendo que no estás ya aquí.

No es sorprendente que todo ello de lugar al sufrimiento que tanto tratamos de evitar.

Una existencia que da validez a la ilusión de separación y se enfoca hacia los objetos es una existencia que vive en la ilusión y se despliega en el sufrimiento.

Pero la ilusión de separación es persistente y a la vez frágil, por eso necesita ser recreada una y otra vez y sostenida por aparentes autoridades externas que son en sí mismas parte de la misma ilusión.

Dicha ilusión se rompe cuando tu experiencia directa se convierte en tu referencia principal, cuando la única autoridad y el único conocer se resitúan en ti y todas las explicaciones prestadas que creías verdaderas empiezan caerse y a revelarse por lo que son.

Se inicia entonces un camino sin camino hacia la realidad en el que todo lo que puede ser destruido se cae, en el que solo puede quedar de pie la verdad de ti y de este momento, donde solo puede quedar lo que siempre has buscado.

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